"...preocupante es sostener que la política de libre competencia no está equipada hoy para hacer frente a esa realidad, y peor aún, que se sugiera como única alternativa eficiente la desintegración de tales gigantes o la regulación de sus precios".

Por María José Henríquez

Hace un tiempo se vienen escuchando voces sobre la incapacidad de las políticas de libre competencia para hacerse cargo de los problemas que conlleva el poder y tamaño de ciertos actores de mercado, en general plataformas digitales. Esta aprehensión, de acuerdo a mi parecer, no tiene sustento real, pues la regulación de la libre competencia está suficientemente capacitada para hacer frente a tal realidad.

El paper de Lina M. Khan, The Amazon Paradox, plantea que la regulación actual de libre competencia – centrada en el “bienestar del consumidor”, definido como los efectos en precio a corto plazo – no está equipada para capturar la arquitectura del poder de mercado en la economía moderna, en que plataformas digitales como Amazon son capaces de ofrecer servicios financieros, retail, editoriales, etc. y que motivadas por su necesidad de crecer, tienen incentivos para llevar adelante estrategias predatorias y usar la información de la que disponen para socavar a sus competidores.

María José Henríquez

Ya en una columna anterior publicada en EstadoDiario explicaba cómo ciertas plataformas digitales generan efectos o externalidades de red. Las externalidades de red se producen de momento que aumenta el valor de la plataforma digital a medida que se incrementa el número de usuarios.En definitiva, el tamaño y extensión a mercados diversos de las plataformas digitales, como Google o Amazon no debiera de extrañar, es parte de su naturaleza. Lo que sí es preocupante es sostener que la política de libre competencia no está equipada hoy para hacer frente a esa realidad, y peor aún, que se sugiera como única alternativa eficiente la desintegración de tales gigantes o la regulación de sus precios. En su libro, Positive Populism, Steve Hilton plantea justamente esto último.

Desde mi punto de vista, lo anterior prende porque suena bien, es popular, y la solución, a mi modo de ver, es populista. Tampoco tiene nada de novedosa la preocupación por el poder de mercado. Ya los autores de la Sherman Act de 1890, la ley de competencia más antigua que existe en el mundo, estaban preocupado por el poder de los trust, y los intérpretes de dicha legislación, por tener mercados desconcentrados en que se promoviera el emprendimiento individual. Desde este punto de vista, la ola contra los “big tech” no tiene nada de hipster, estando incluso pasada de moda.

El 7 de noviembre pasado la Fiscalía Nacional Económica celebró una nueva versión del Día de la Competencia. Ante la inminente designación de un nuevo Fiscal, Mario Ybar, Fiscal Subrogante, recordó que nuestra institucionalidad se encuentra saludable, y el invitado internacional Prof. Wish se refirió a la buena imagen que tiene Chile en el circuito internacional de libre competencia. En ese contexto, el principal peligro es entonces este mal entendido populismo. Sería fácil volcar las miradas sobre el tamaño de ciertos actores, recordar los efectos perniciosos de su poder, poner del lado de los débiles a los emprendedores y en definitiva, sostener que el fin de la libre competencia es desintegrar a los grandes, dividirlos, regularlos.

A mi parecer, ese remedio sería sin duda, peor que la misma enfermedad. Años de evolución y observación nos deben de enseñar que no son las estructuras las perniciosas, sino que las conductas. Que lo que pretendemos proteger no son los competidores, incluyendo a pequeños emprendedores tal vez menos eficientes. Por el contrario, la finalidad de la protección es y debe ser el proceso competitivo como tal. En ese contexto, conceptos como barreras artificiales a la entrada, abuso de poder dominante, discriminación, negativa de venta, ya son archi-conocidos para la lógica del antitrust. No perdamos de vista lo anterior, pues en la época de las redes sociales y la digitalización será cada vez más complejo mantener la cabeza fría para tomar decisiones técnicas, poco populares y meditadas, tomando el tiempo que sea necesario para que la intervención estatal no afecte las bases de lo que el sistema debe proteger: una competencia libre.

 

 


FUENTE:   http://idealex.press/mercado-legal/regulacion-de-la-abogacia-como-industria/